| Nuevas voces argentinas: Juan Terranova |
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| por Rubén Don | ||||||
| 06 / 2004 | ||||||
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Hace unos meses, durante un viaje que realicé por Argentina, pasé horas recorriendo las librerías de Buenos Aires. Desde luego me encontré con clásicos como Jorge Luis Borges, Julio Cortazar, Manuel Puig y Ricardo Piglia, y aún con otros clásicos que para mí eran desconocidos como Macedonio Fernández –padre literario de Borges-, Abelardo Castillo –amigo íntimo de Julio Cortázar-, o Roberto Arlt. Pero también busqué en las mesas de novedades escritores noveles. Fue así como di con “El bailarín de tango” de Juan Terranova. Devoré la novela a la sombra de un árbol del parque Rivadavia. “El bailarín de tango”, editado bajo el sello argentino Ediciones del Dragón, narra la historia de dos amigas que hablan por teléfono. Tamara es soltera y tiene un amante que la inicia en el tango y en las noches de Buenos Aires, Micaela es casada y tiene la costumbre de comentar las novedades que todos los días aparecen en las crónicas periodísticas. La novela muestra a dos mujeres y su espacio femenino actual, pero sobre todo llamó mi atención la forma en que Terranova retrata la capital argentina a través del lenguaje porteño, sus calles, el tango; aspectos que de algún modo yo estaba descubriendo. Intrigado por los motivos que Terranova, de tan sólo 28 años, tuvo para capturar el tango en su novela, bajo la premisa de que la tradición se está perdiendo entre los jóvenes argentinos, me puse en contacto con él. Gustoso aceptó vernos, y nos reunimos en La Giralda, un pequeño café-cantina, muy clásico de la avenida Corrientes. Juan Terranova (Buenos Aires, 1975) es licenciado en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Ha publicado “Notas de un viaje a Italia”, “El coleccionista”, miscelánea de textos críticos y ficcionales, y su primera novela “El caníbal”. Se considera un DJ de las letras porque le gusta trabajar con materiales como las revistas y los periódicos, y considera que la fusión de la literatura con el Internet puede dejar muchos frutos ante los pocos espacios editoriales; por ello procura interactuar a través de su página www.juanterranova.com.ar Después de un breve intercambio cultural Argentina-México –él con una cerveza Corona en la mano, yo con una Quilmes- Terranova concedió esta entrevista. El tango, como práctica, es central en tu novela. En El Bailarín de tango tus personajes salen cada noche a las calles porteñas para disfrutar de los salones de baile, ¿por qué te interesaste en retomar esta figura tan clásica de Argentina? Bueno, básicamente, soy muy tanguero. La música y los primeros rudimentos del baile me los enseñó mi abuelo materno con discos de vinilo. Él era el típico viejo fanático. Además, en mi casa, la música siempre fue muy importante. Mi hermano toca el violín profesionalmente, mi viejo toca la guitarra, así que el tango siempre estuvo cerca. No es que el rock, el jazz u otras músicas no nos interesaran, pero el tango en un momento se volvió muy seductor. Rock había en todas partes, hasta a mis viejos les gustaba. El tango marcaba una diferencia. Y hasta en algún punto resultaba más genuino. ¿Entonces no es que se esté perdiendo entre los jóvenes, como he venido escuchando? Hoy en Buenos Aires, el tango es algo muy importante. Sobre todo para los jóvenes que buscan “experiencias sensuales”. Bailar tocándose ya tendría que ser suficiente excusa para que uno deje el pub donde, en general, es muy difícil, ya no digamos tocar, sino hablar con una persona del sexo opuesto. Pero el circuito se benefició mucho también con almas sensibles que vieron en el tango y sus adyacencias una manera de expresión, sea música, danza o literatura, con la que era posible hacer cosas intensas y propias. Hoy tenemos orquestas muy jóvenes como la Fernández Fierro (www.fernandezfierro.com), La Furca (www.lafurca.com), la Orquesta Imperial (www.orquestaimperial.com.ar), Camino Negro, también está Libedinsky con Narcotango (www.narcotango.com) que fusiona tango y música electrónica. Libedinsky demostró que Massive Attack y Pugliese pueden andar bien juntos. En Buenos Aires hoy hay muchos lugares de reunión alrededor del tango, salones de baile como La Catedral, ya legendaria, y una infinidad de lugares para juntarse, conocerse, escuchar música. Así que bueno, se puede decir que decidí escribir sobre lo que me gustaba, y salió esa novela. Además en la novela encontramos un estilo totalmente urbano, el retrato de Buenos Aires, sus calles, sus salones de baile, su gente, ¿dirías que se trata de un asunto generacional, es decir que los nuevos escritores están rompiendo con ciertos modelos literarios, por ejemplo con el realismo mágico? Por supuesto. Si escucho la palabra “realismo” o la palabra “mágico”, ya me siento incómodo. Si las encuentro juntas, huyo. Lo más importante de la escena literaria-joven argentina es hoy en día algo muy parecido a un “costumbrismo trash”. En poesía se hace más evidente, pero en narrativa ya está empezando a aparecer. Mi generación necesita empezar a describir lo que la rodea. La novela está escrita en un lenguaje completamente porteño, muy de Buenos Aires, ¿no te pareció un riesgo pensando que quizá podría considerarse localista? ¿Cuál es el riesgo de ser localista? Mirá, yo estoy enamorado de Buenos Aires. Y el amor es todo riesgo. Buenos Aires está bellísima, intensa, es todo un desafío hoy caminarla, descubrirla un poco más. A veces vamos por Corrientes, por Callao, por la Avenida Córdoba, por el Bajo y yo le digo a mi mujer: “¡Qué linda es Buenos Aires!”. Ojalá yo fuera un localista, una referencia a la hora de hablar de la Buenos Aires del 2000. Con respecto a la oralidad, mis personajes no podían hablar de otra manera. Es ahí donde forma y contenido se funde en uno sólo. Esta historia se contaba así o no se contaba. Y aparte, lo que pasa en el libro es bastante universal, la soledad, la amistad, el amor, el sexo, la irresistible tentación de contarle algo a alguien para sorprenderlo. Mientras una sale a bailar tango, la amiga le cuenta las noticias amarillistas que salen en los periódicos, lo que hace un contrapunto inclusive humorista en la novela, ¿era tu intensión? Sí, lo del contrapunto me gusta. Me sirvió para escribir la novela, y aparte para marcar dicotomías que me interesan tematizar: la experiencia y la lectura, la realidad y la representación, la narración propia y la transposición, pero sobre todo manejar ese contrapunto, creo, me sirvió para narrar. Narrar es lo más importante que hago en la vida, digamos que es algo compulsivo, casi obsesivo. Narrar, para entender, para entretener, para subsanar, para no aburrirme, para vivir mejor. La sociedad argentina está considerada entre una de las más cultas de Latinoamérica, ¿de verdad crees que esté ocurriendo lo que a tu personaje, es decir este mero interés por comentar las noticias banales del día? Que la sociedad argentina es culta, en el sentido de “cultura alta”, es un mito a medias cierto. Detrás del mito están los medios de comunicación. En Buenos Aires, se llega a Sófocles por los titulares de los diarios, se leen novelas que se comentan en la televisión, se compra el libro del que se hizo la película. Pero... ¿qué hay de malo en eso? El placer de narrar no es un derecho único e inalienable de los escritores, de los “artistas”. Contar historias lo hacemos todos, todo el tiempo. Algunos se conforman con los chistes de borrachos –hay algunos que no están nada mal- y otros buscan libros. Pero los grandes productores de discurso hoy son los medios de comunicación. En ese contexto creo que el fin de los grandes relatos es una mentira idiota, lo que pasa es que el canal de transmisión cambió. Nada más, y nada menos. ¿Cómo ves la salud de la narrativa hispánica? Nos tenemos que sacudir muchos prejuicios. Abandonar la mierda esa del Gran Escritor recluido en su habitación creando mundo geniales y tramas perfectas. De eso, basta por favor. Por lo demás, me siento a hablar de lo que sé y de lo que pasa en Buenos Aires. Acá, entonces, me parece estamos en un momento de inflexión. Las cúpulas académicas y los medios más importantes nos quitaron la posibilidad de pensar libremente el presente y eso es algo que estamos recobrando. Pero también hay mucho terreno fértil que explorar en los ochenta y los noventa. Hay libros muy valiosos, muchas revistas que es necesario desempolvar y recuperar. Se está empezando a hacer y eso es bueno. Elsa Drucarof, una crítica literaria argentina muy importante, tiró una primera punta hace poco en una nota que salió en el suplemento del diario Clarín. El desafío en todo caso es llegar a un público potencial. Esos lectores que no están acostumbrados a leer libros de autores jóvenes pero cuando lo hacen dice: “Che, ¡pero esto está muy bueno!”. Estoy convencido de que hay muchos lectores que nos están esperando. Tomando en cuenta que el panorama editorial argentino no es muy saludable, ¿te ha sido difícil encontrar la forma de publicar? Estoy convencido de que el talento para crear debe estar acompañado del talento para explotar esa creación. Son dos talentos diferentes. Uno para hacer y otro para difundir. Los autores que empezaron a publicar en los 90 exhibieron una clara incapacidad de juntarse, de auto editarse, de enfrentar a sus mayores, en definitiva de generar un discurso propio y diferenciable. Si a eso le agregamos que los pocos libros que llegaran a las editoriales grandes no fueron libros que abrieron el público, que buscaron ganar al lector natural de la clase media, sino todo lo contrario, bueno... Lo que heredamos fue un panorama difícil. ¿Qué hacer frente a eso? Salir a la calle, caminar, golpear puertas, trabajar para juntar dinero y abrir espacios, estudiar la situación y darle respuestas coyunturales utilizando la lógica del marketing tanto como la idea de “condiciones objetivas” marxista. En definitiva, alejarse del proyecto personal, juntarse y escribir cosas que hagan surgir el interés. Argentina tiene una riqueza literaria exuberante, ¿cómo has sido marcado por los escritores argentinos? Bueno, lo principal es no hacerle el juego a Borges. Borges es un clásico y debe ser leído como tal. Hay que tomarlo como se toma a Quevedo o a Shakespeare. ¿Qué quiere decir esto? No hay que tratar de ser Borges. Estudiarlo, sí. Leerlo, sí. Aprender de él, sí. Pero también criticarlo, buscar en las cosas que él dejo afuera. En algún punto: dejarlo hablando sólo, como un padre demasiado exigente y caprichoso. La idea borgeana de que el narrador de la tribu o la comunidad tiene que ser erudito no me gusta. El narrador debe ser un narrador, y un narrador debe ser alguien seductor. La sabiduría no es la única forma de seducción literaria. ¿Y dejando de lado a Borges? Cuando ese fantasma se va, todo se vuelve más fácil. Hay muchos temas que Borges no explora: el sexo, la televisión, la esquizofrenia, la política, la pornografía, la juventud, la Internet... La versión del tango de Borges, por ejemplo, es una versión muy negativa, que lo ve como algo lascivo y vulgar. También hay muchos géneros que no trabaja: la novela, la picaresca, el costumbrismo. Después, de eso, entonces, es todo más fácil. Enseguida se pueden encontrar autores más amigables, que abren caminos, que generan una sensibilidad más empática con el presente, como Manuel Puig, o un poco más lejos, Juan José de Soiza Reilly, o un poco más escandaloso, Jorge Asis. Después están mis contemporáneos, la gente de mi generación, por ejemplo, Ignacio Apolo, con Memoria Falsa, o Florencia Abate, con El grito. Tanto Memoria Falsa como El grito, son dos novelas muy cercanas a mi propio proyecto. ¿Y latinoamericanos en general, a quienes has leído? Leí con interés y pasión a Nelson Rodrigues, un periodista y dramaturgo carioca que es simplemente uno de los talentos ocultos más importantes de Latinoamérica. Su obra apenas salió de Brasil y ahora está siendo reeditada por Companhia das Letras. Lo recomiendo abiertamente. Hay muchas páginas sobre su obra en la Web. ¿Cómo enfrenta Juan Terranova a la hoja en blanco? Básicamente trabajo con materiales, con los medios de comunicación. Leo diarios, revistas, panfletos políticos, me interesan “hasta los papeles rotos de la calle” como dice Cervantes. Y si hay una narración que me gusta por algún motivo, la tomo y la reconvierto para que se transforme en algo mío, o por lo menos, para dejarle mi marca. Después también pienso en mi vida, en las voces que la rodean, pienso en la vida de mis amigos, recuerdo, y cuando todo falla, plagio un escritor que me gusta. Borges decía ser un escritor más de lecturas que de vivencias, ¿a Juan Terranova como le ha ido en ese aspecto? Tengo entendido que viviste un tiempo en Europa. No hay que ser más papista que el Papa. O más borgeano que Borges. Eso sí que sería malo. Yo encontré muy formativo pensarme por el medio. Libros y noche, lectura y televisión. Hacer lo que hacía Hemingway leyendo a Góngora, ir a la biblioteca a tratar de ligar, boxear y después elaborar las derrotas o los triunfos con versos de Dante. ¿Por qué no? Los viajes, en ese aspecto, tienen las dos posibilidades. Todas las bibliotecas del mundo encuentran su contraparte en los lugares donde la gente se toma su merecida cerveza después de un buen día de trabajo. En ambos lugares se cuentan historias que me interesan para mis libros.
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