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El cementerio de los pobres Imprimir E-Mail
por José Abdón Flores   
10 / 2004

Joseph Roth visitado

Tal parece que todos los caminos conducen a Francia, a París. En los últimos años, el hexá-gono, como lo denominan los meteorólogos franceses, ha recibido más visitantes que nin-gún otro país en el mundo. Un flujo humano embriagado por el turismo hace de Francia una meca y, de su capital, el centro cosmopolita par excellence.

Pero no siempre fue así, el turismo es un fenómeno moderno. En la primera mitad del siglo XX, al hexágono francés acudían sobre todo inmigrantes, gente de Europa central, del este, desplazados que hacían la larga marcha desde la insondable Rusia luego de des-arrollar una guerra desgastante. Joseph Roth estuvo ahí, a mitad del camino, tal vez en un hotel miserable, viendo desde la ventana de su habitación el paso errático de los que habían quedado rezagados. Acaso intuía que eventualmente esa fuga sin fin sería también su camino.

Roth abandonó la Alemania fascista en 1933, y escogió París como destino. Vivió en hoteles, en el Foyot, y al ser demolido éste, en una buhardilla del Hôtel de la Poste que sería su última residencia. Pese a ser un escritor conocido en esa época, su deceso no consiguió trascender la atmósfera bélica que ya colmaba el continente por entonces. Agobiado por cuestiones de dinero, siguió el camino de la inopia al igual que el clochard alegórico en La leyenda del santo bebedor, y sus restos mortales fueron sepultados en Thiais, en el cementerio de los pobres.

Pues sí, los caminos llevan a París, y esto obedece a diversas circunstancias. Dentro de las estrictamente turísticas, están sus cementerios que conforman un panteón de nombres célebres. Tan sólo entre el cementerio de Père–Lachaise y el de Montparnasse, hay una nutrida lista de ellos. Los mausoleos y las originales ofrendas abundan, convirtiéndolos así en una suerte de espectrales museos que confirman a París como capital cultural gracias a vivos y muertos.

El cementerio municipal de Thiais, el segundo más grande de la ciudad, contribuye modestamente en número y nulamente en fasto a tal nominación. No en vano es conocido como el cementerio de los pobres: sus 103 hectáreas están cubiertas por lápidas escuetas, todas iguales, grises y frías, dispuestas con esa geométrica simpleza que resuelve los problemas de espacio. En ese tablero de sepulcros hay dos nombres que en su momento evocaron con fuerza el desespero: Paul Celan y Joseph Roth. Con una diferencia de treinta años, el primero siguió al segundo hasta Thiais.

Roth, al igual que sus personajes, tenía mucho de atávico, de primordial y lacónico, y también de despiadado. «Siempre he tenido poco corazón, escribió en el prólogo de uno de sus libros de crónicas. Desde que tengo memoria, pienso de manera despiadada. Cuando era niño le daba de comer las moscas a las arañas. Y las arañas se volvieron mis animales preferidos.»

También fue un gran viajero, más por motivos laborales y sociales que fortuitos. Sus viajes a Rusia, Albania y Francia como corresponsal del Frankfurter Zeitung no sólo le sirvieron para dejar una notable serie de crónicas –que bien pueden verse como documentos históricos–, sino que también fueron la materia prima de algunas de sus novelas. Así mismo, fueron una salida, un entrenamiento para el camino del exilio, uno de los tantos caminos que llevan a Francia, y que fue el que Roth emprendió a la postre.

En 1926 pasó tres meses en el sur del hexágono francés, ese lado que da al Mediterráneo, Provenza. De esta estancia surgirían Las ciudades blancas, las ciudades con las cuáles dice haber soñado desde niño, y que finalmente pudo visitar cuando tenía treinta años. De todos sus viajes, éste sería el más feliz. Provenza, en ese caldero europeo que poco a poco levantaba presión, era un sitio luminoso y pacífico. Un lugar agradable para vivir, como lo sigue siendo actualmente. Sin embargo, el camino del exilio no llevaría a Roth al sur de Francia, sino al norte, a París. Y sería para siempre.

A diferencia de los otros cementerios, al de los pobres es más complicado llegar. Desde el centro de la ciudad los demás son más bien equidistantes. El de Thiais no. Hay que realizar un largo recorrido hacia el sureste, pasar la Place d’Italie, y la Porte d’Italie, y aún cruzar el barrio chino de Maison Blanche, atravesar el periférico parisino hasta la prefectura de Villejuif para ir a encontrar la tumba del escritor judío.

Roth hizo veladas apologías del judaísmo, sobre todo en Judíos errantes, y en menor medida en Job y en El Leviatán donde los personajes judíos, siempre en la frontera de la miseria, proyectan esa aura de héroes desvalidos. Por ser judío partió de Berlín. «Donde se queman libros, también se queman hombres.» Siempre vaciló entre catolicismo y judaísmo. Aunque había nacido en Galitzia, territorio poblado de ashkenazis, escribió en alemán, la lengua del imperio cuya caída Roth describiría en algunas de sus novelas. Y ésas serían sus dos grandes temáticas: la situación de los judíos orientales y la decadencia inevitable –nostálgica para él–, del imperio Austrohúngaro.

Después de Villejuif, siguen las coincidencias. Es necesario andar tres kilómetros por la Avenue Stalingrad, una vía sin gracia, vulgar, sucia, ajena por completo a cualquier esplendor. A partir de algún punto, en ambas aceras empiezan a proliferar los negocios de autos usados; tras éstos se adivinan deshuesaderos, fuentes de autopartes y de oscuros negocios que los inmigrantes africanos realizan a plena luz del día. Es otro París, uno del que se habla poco, lateral, ese París que Roth retrató en cierto sentido en su obra francesa clásica, y póstuma, La leyenda del santo bebedor, que en buena medida prefigura su final: alcoholizado, apóstata ante la virgen de Sainte-Thérèse de Lisieux, o bebiendo absenta en un oscuro bar del barrio de Batignolles donde la misma virgen blanca que vio Roth, sigue en su pedestal esperando esa limosna que nunca llegó.

La entrada al cementerio es un arco vacío que defiende un vacío aún mayor. En medio del invierno, la imagen es la de un campo de batalla. Los árboles secos flanquean las avenidas interiores del panteón; el viento erosiona el suelo. Y no hay nadie por ahí, sólo los guardias de la entrada, ocasionalmente un auto que desaparece en el cuadriculado de vías. Aquí no hay turistas ni motivos de turismo.

En la séptima división, en un punto más bien lateral –aunque en Thiais no hay posiciones primordiales–, se encuentra la tumba de Joseph Roth. Un montículo de pequeñas piedras distingue su sepulcro (muy diferente al de Oscar Wilde en Père Lachaise, cubierto de besos y de flores.) Acaso sean treinta piedritas, una por cada visitante que se ha acercado hasta ahí; ni siquiera alcanzan a cubrir lo que está escrito sobre la loza:

Joseph Roth

ecrivain autrichien

mort à Paris en exile

22/9/1894 – 27/5/1939

Y eso es todo; la visión de la tumba no da para más.

Tal vez a Roth le habría gustado reposar en alguna de las ciudades blancas, en esa región meridional con la que soñó desde niño y de la que escribió que «ahí se está como en casa.» Del sur se llevaría como recuerdo lo más precioso que una patria puede dar: la nostalgia. Imbuida en ella, está su obra.

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  Comentarios (3)
Escrito por lorena, el 30-06-2008 22:36
Se necesitaria ampliar el escrito con un mapa que indique,la ubicacion del cementerio en Paris y el plano del cementerio de Thiais.Distingue a los cementerios de Paris ,las esculturas que son obran de artistas importantisimos,como el de Oscar Wilde realizada por el escultor Lipchitz
JR.
Escrito por Kate, el 21-08-2007 20:22
¿Alguien podría decirme como puedo llegar al cementerio de Thiais? Gracias
Joseph Roth
Escrito por Kate, el 26-06-2007 20:56
:) me encantaría saber dónde se encuentre este triste cementerio. Adoro a Joseph Roth y que menos que rendirle un precioso homenaje.
 
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