Porno & Literatura  /  10 años pervirtiendo a nuestros lectores
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Pornografía (infantil) sin sexo

 

 

¿En qué momento Fox se convirtió en un canal porno?

Lisa Simpson

 

Hablar de sexo y erotismo infantil aún resulta un tabú en estos tiempos a pesar de vivir en una sociedad hipersexualizada en la que el sexo se encuentra en todas partes excepto en la sexualidad. Basta echar un vistazo a la publicidad, los programas de televisión más populares, y una cantidad abrumadora de imágenes y videos circulando en la red en la que el sexo es el ingrediente principal.

Eso sí, sin genitalidad.

Y es que quizá haya algo aterrador en la genitalidad, esa vergüenza bíblica no superada, o el hecho de que la desnudez total, sin maquillaje, nos convierta en seres tristes y vulnerables.

Pero cuando se habla de erotismo en la infancia automáticamente un censor enciende la alarma moral que casi todos llevamos implantada en el cerebro. Olvidamos completamente que alguna vez fuimos niños e imaginamos la infancia como esa etapa idílica de sueños rosas y juegos inocentes como si no recordáramos, o quisiéramos ignorar, que es precisamente esa etapa en la que desarrollamos nuestros impulsos eróticos más poderosos, y en buena medida define nuestras fantasías y futura identidad sexual.

Me gustaría enfocarme en el erotismo infantil como fenómeno cultural producido bajo una dirección y mirada adulta. Tanto desde el punto de vista artístico en el que la fantasía y la seducción son los motores eróticos, como otros casos que revelan una franca explotación infantil.

Para el erotismo no existen límites morales, al contrario, hay una necesidad de explorar la condición humana incluso en los rincones más oscuros. El artista sacude la moral imperante y obliga al espectador a mirarse en el espejo a través de la ficción, aunque en ocasiones esta frontera se desvanece ante el poder erótico de la realidad. Tal es el caso de Lewis Carroll que cayó seducido ante una Alicia real, infantil modelo fotográfica e inspiración para crear un país de maravillas. Los niños como personajes seductores, metáfora del mal encarnado en la inocencia que enloquece a los hombres mayores, ha sido revisitado infinidad de veces en la literatura. Baste citar ejemplos como Thomas Mann y su novela Muerte en Venecia, en la que un hombre maduro queda subyugado ante la belleza andrógina de un adolescente, casi niño. Otros casos son los del escritor japonés Yasunari Kawabata en su novela La casa de las bellas durmientes, una casa de citas en la que los clientes pagan por el placer de dormir junto a niñas; novela que serviría de inspiración a Gabriel García Márquez para su novela Memoria de mis putas tristes. Otro latinoamericano es el escritor Mario Vargas Llosa en su libro Elogio de la madrastra, pequeña obra de arte, en la que el protagonista es un niño de 7 años, y que como la Lolita de Nabokov, comparte esa naturaleza nínfica capaz de llevar a la perdición, en este caso a su madrastra como Lolita al profesor Humbert, a través de su poder de seducción.

Son muchísimas las obras literarias que utilizan a niños como personajes dotados de una tremenda capacidad de seducción, originada quizá por su inocencia, misma que les permite una libertad amoral que rompe los esquemas de la vida adulta. Cabe decir que muchas de estas obras fueron tachadas de pornográficas en su tiempo y ahora son ya clásicos literarios. Sin embargo esta exploración artística se complica cuando el erotismo transgrede el texto y se instala en el terreno de lo visual.

La pintura es el primer medio de reproducción visual y a lo largo de su historia los artistas han tenido en cuenta el erotismo infantil, desde cupidos y ninfas o las representaciones del nacimiento de venus o afrodita. En el siglo XX se realizarían obras que explorarían la inocencia y la perversión, así como la violencia sexual en el terreno del arte con pintores como Klossowski, Balthus, y una de mis favoritas, Tamara de Lempicka,  particularmente con Kizette en rose, el inquietante retrato de su hija.

En fotografía basta destacar los casos de David Hamilton y sus ensoñadoras adolescentes que remiten a la inocencia y el despertar sexual, y en el caso de Irina Ionesco la serie de fotografías perturbadoras, por no decir perversas, tomadas a su hija Eva.

No faltará quien se escandalice e incluso considere pornografía el trabajo de los artistas antes mencionados, lo cierto es que es indudable su calidad artística. El caso de la fotografía es particular, pues es necesario que exista una modelo infantil dispuesta a colaborar en una propuesta estética. Y este es el punto al que quiero llegar.

Vivimos en una sociedad hipócrita que como antes señalamos no tolera la genitalidad, entonces tachamos de pornográfico todo lo que se muestra tal y como es, y decimos que lo erótico es lo velado. Casos absurdos como el de la pornografía japonesa que prohíbe mostrar genitales en las películas XXX y hace uso del pixeleado, incluso en el hentai, al menos para su consumo nacional.

Sin embargo a estas alturas la censura genital en el caso de niños es una trampa. Estoy en contra de la pornografía y el abuso infantil, pero hay que ser realistas también cuando la legalidad permite abusos si sólo se trata de cubrir los genitales.

A partir de los medios tecnológicos como la fotografía digital, que no requiere de terceras personas para que las imágenes sean reveladas, inicia una lucha contra la pornografía infantil (que es tan vieja como la historia misma de la fotografía),  pues el boom de esa industria ilegal es obvio a partir de los medios tecnológicos. Pero existen otros casos legales que sería interesante meditar.

Desde hace más de una década existen sitios oscuros en internet, páginas dedicadas al modelaje infantil. Páginas que muestran a niñas modelando como señoritas en trajes de baño, vestidos cortos o atuendos que francamente recuerdan la pornografía barata de los años ochenta. La mayoría de estos sitios desaparecen rápidamente pero su material queda circulando en la red. Una fotografía de una niña desnuda de cuatro años en una pose provocativa es pornografía infantil y es castigada, pero si le cubrimos los pezones y le ponemos una tanga, ya es modelaje legal. Esta es la hipocresía a la que me refiero, pues muchas de estas niñas son explotadas para un mercado muy discreto y lucrativo.

Pienso, por ejemplo, en niñas de cuatro o seis años maquilladas como prostitutas con vestidos cortos y tacones, fotografías de pésimo cuidado que por supuesto carecen de la más mínima propuesta estética pero que son legales y encuentran consumidores. Supongo que tienen padres, y no dudo que en muchos de estos casos sean ellos los principales beneficiados con el encanto de sus hijas, pero también es muy posible que sean producto del tráfico de menores y la trata de blancas. ¿Qué conciencia puede tener una niña de esa edad cuando se puede tomar esta actividad como un juego? Esto también es abuso infantil.

La mayoría de estos sitios tienen un origen en Europa el este y Rusia, pero también hay casos en Estados Unidos. Existen casos emblemáticos como el de Anya, también conocida como Oxi, modelo de una empresa conocida como Vlad models, que tenía a decenas de niñas y adolescentes rusas modelando. Anya fue una niña poseedora de una sexualidad perturbadora que me recuerda a Eva Ionesco, pero no posó para un proyecto artístico, sino para un mercado. Por supuesto ignoro todo de ella, como la mayoría de estas modelos, es imposible encontrar una biografía creíble en la red, sus fotografías son publicas, pero su identidad siempre un misterio. Anya empezó a modelar desde los cinco años en imágenes cargadas de sexualidad y actualmente es mayor de edad, prueba de esto es que sus últimas fotografías la muestran haciendo desnudos integrales.

Un caso especial es el de Sandra, también rusa, que como Anya, inició su carrera muy joven, pero que se convirtió en la más importante del fenómeno teen model en internet, siendo una de las modelos más buscadas actualmente. Pero esta modelo nunca realizó un comercial de televisión, ni ganó un concurso de belleza o fue actriz de Disney, su fama obedece a su coquetería natural, sus poses cargadas de sexualidad, y su vestuario, más adecuado para una actriz porno que para una niña menor de 10 años. La historia de Sandra comienza en familia desde muy pequeña, y en algunas fotos aparece junto a su madre, quien se rumora en diferentes foros de internet que es una ex actriz porno. Las imágenes que la hicieron famosa carecen una vez más de cuidado profesional, el fotógrafo (¿su padre?) es pésimo, pero eso no importó para hacerse popular rápidamente y convertirse en una mina de oro. El caso de Sandra es un auténtico reality show, quienes la conocen la han visto crecer desde muy pequeña y han observado en los cientos de sets fotográficos no sólo su crecimiento, sino el incremento de nivel socioeconómico de su familia. Sandra de niña aparece modelando en el patio de lo que parece una modesta vecindad rusa y años después modela en ropa cara, mansiones y autos deportivos. Sandra en la adolescencia ya es una profesional, sabe lo que los consumidores quieren y ya no es una niña. Así se convierte en modelo de fame-girls, el sitio erótico más importante de adolescentes que posan provocativamente, eso sí, sin mostrar sus genitales.

No todos los casos de estas niñas son felices como el de Sandra, quien es famosa, actualmente está casada y a punto de ser madre, pero que sigue en el negocio familiar del modelaje. Pienso en Anya nuevamente, quien sí hace ahora desnudos integrales y sospecho no tardará en convertirse en actriz porno. ¿Es que ahora una niña desde los seis años puede decir con seguridad que desea convertirse en símbolo sexual? ¿Anya habrá tenido alguna vez la oportunidad de decidir dedicarse a otra cosa o fue educada, como muchas de estas niñas, para convertirse en objetos eróticos desde muy pequeñas? ¿Dónde queda la responsabilidad de los padres, no es esto una manera de sofisticada prostitución legal?

Cuando miro las imágenes de una de estas niñas lo que me perturba no es su pose o su atuendo, sino cómo es que llegaron ahí, ¿quién es el fotógrafo, en dónde están sus padres, son ellos quienes explotan y distribuyen el material fotográfico o de video? No dudo que estas mismas preguntas puedan ser el motor estrictamente erótico de miles de consumidores, la historia detrás de la imagen. Inevitable pensar que existan sets fotográficos para consumidores dispuestos a pagar un precio, incesto, material oculto, sexualmente explicito o pornográfico. Pero ustedes, queridos lectores, pensarán que este fenómeno es exclusivo de padres ambiciosos en Rusia u otro punto donde ya no hay moral ni principios. No es así.

El problema de las child y teen models quizá sea algo exclusivo de internet, pero la explotación a menores tiene mucho más tiempo y estos casos sólo sean síntomas de un problema mayor. Baste pensar en la empresa de televisión más importante de México y una serie de artistas y actrices infantiles que han hecho una carrera bajo presión de sus propios padres. No es necesario dar ejemplos, estoy seguro que uno al menos ya les vino a la mente. ¿Qué sucede ahí tras bambalinas, en los ensayos y negociaciones? ¿Es posible que un niño se convierta en el sustento de toda una familia?

Lo cierto es que es necesario replantear el cómo se vive la sexualidad en la infancia, analizar la responsabilidad familiar, educativa y de los medios de comunicación así como la publicidad. Ser famosa y sexy no lo es todo en la vida, pero parecería que es el camino que muchas adolescentes están tomando, desde hacerse fotos provocativas para Facebook, tomarse videos bailando reggaetón, prostituirse en twitter, tener una orgía a los 15 años, o convertirse en amante de un narcotráficante.  Parecería que lo importante es convertirse en objeto sexual.

La sexualidad ahora se vive a una edad menor, los estímulos están en todas partes, pero también la hipocresía de nuestra doble moral en donde lo prohibido, como son las drogas, esta satanizado, pero convivimos con una obscenidad legal aún mayor. Un excelente ejemplo de esto es la película Little Miss Sunshine (2006), en el que una familia disfuncional emprende una aventura para llevar a su hija menor a un concurso de belleza en el que la protagonista resulta ser un escándalo, cuando lo realmente obsceno es  esa clase de concursos y el artificio hipocrita de lo politicamente correcto.

El imperio del sexo y la banalidad una vez más, no genital, no explicito, sino sólo plástica, artificial y legal. Recientemente una modelo inglesa, la británica Sarah Burge, conocida como the real life Barbie, le regaló de cumpleaños a su hija de siete años un cheque válido para una futura operación de implantes de senos y la madre se justificó diciendo que era lo que su hija más deseaba, ser como su mamá.

 

*Las imagenes de este artículo son de David Hamilton, Balthus, Irina Ionesco, Anya model y Sandra model, por orden de aparición.

@pornovisor

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