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Lecciones que jamás se aprenden

Por Ana Patricia Moya
Marzo del 2010

 

La autora transita por universos que por cotidianos, resultan más inquietantes. Que disfruten estos cuentos de Ana Patricia Moya, a los que titulamos como uno de sus cuentos: Lecciones que jamás se aprenden, esperando que sí, que sí se aprendan. Malditos, díganle a la autora qué opinan de sus cuentos.

 

Diálogos de sordos (nanorrelatos)

 

I

- Te quiero.

- Vale. ¿En tu casa o en la mía?

II

- Te quiero.

- Vaya, qué  buen tiempo hace hoy…

III

- ¿Me quieres?

- Sí.

Silencio.

- ¿Por qué  me mientes?

- Por costumbre.

IV

- ¿Tú  me quieres?

- No. Pero me da miedo la soledad.

V

- Me gustas mucho.

- Yo también tengo hambre… ¿me invitas?

 

 

SEÑORITA

 

Para el deleite de mis ojos y para regocijo de mi corazón, ha regresado ella para devolver lo que alquiló ayer. Me saluda con mucha educación, pero yo, mudo y asombrado por tanta belleza, le devuelvo la sonrisa, una sonrisa que no puede compararse a la de ella, de perfectas líneas blancas, propia de esta diosa de metro setenta de piel morena y con una voz agradable, música celestial para mis oídos. Se pierde en el interior de la tienda, a pasos lentos, mirando lo que hay. Desde mi sitio, muy discreto, la observo. Sí. Es una mujer hermosa. Muy hermosa. Tiene un rostro precioso, con unos labios carnosos, unos enormes y profundos ojos negros, con un lunar cerca de la comisura de los labios. El pelo castaño rizado, suave, le cae, en cascada, por los hombros, y su aroma a canela embriaga los sentidos. Ni gorda, ni delgada: con las suficientes curvas, las que realmente ha de tener el sexo femenino para ser consideradas como realmente atractivas en contra de la opinión generalizada de que las chicas están más guapas extremadamente flacas. ¡Qué error! Esta mujer, que se aproxima ahora a mí es, realmente, una mujer hecha y derecha. Y sí: estoy enamorado, en secreto, de esta señorita anónima, de esta escultura de divinidad griega que visita diariamente a este humilde esclavo de amor. Me comenta, divertida, que ha escogido un regalo para su amiga. Yo no puedo hablar, sigo enmudecido, y espero que no haya notado que tengo las mejillas sonrojadas, signo de que me da vergüenza hablar con este cuerpo de formas delicadas, este monumento a la hermosura. Y puedo sentirme afortunado: nuestras manos se han rozado cuando me ha entregado lo que va a pagar para que yo lo envuelva en un discreto papel de regalo. Abro la caja. Cobro. Se despide. Se marcha; yo le dedico piropos en forma de suspiros. En fin.  Mejor bajo a la tierra. Miro el reloj. Ya mismo toca cenar. Es hora de cerrar el Sex Shop: pongo la película porno que ha devuelto en su estantería correspondiente y guardo la factura del consolador extra grande que acaba de llevarse. Mañana ordenaré las cajas que me han traído esta mañana. Soy un poeta en lugar equivocado. Me da un poco de “cosa” coger vaginas y penes de plástico y látex. Pero así es la vida: es el único trabajo que había en la sección de ofertas de empleo.

(Relatos de “Sobre el amor y sus miserias”, libro de relatos inédito)

 

 

LECCIONES QUE JAMÁS SE APRENDEN

 

“¡Vaya tía petarda!”; eso piensa el poeta jovencito que escucha, desmotivado, los poemas de aquella mujer elegantemente ataviada. Se aburre: es lógico, no es su estilo. Él va de innovador, de revolucionario, de fiero transgresor de los versos: lo que recitaba aquella respetable señora, desde su punto de vista, estaba desfasado, fuera de lugar. Al concluir, llega su turno; se levanta, muy digno, al estrado, abre su poemario de reciente publicación, y empieza a soltar, según los pensamientos de la experimentada señora que se habían sentado para escucharlo, “groserías y zafiedades”. De su boca, rimas en voz alta que reafirman la condición del poeta maldito: mierda de existencia, angustia puta, vida cabrona, etc. “¡Qué futuro más negro le espera a la lírica con semejantes inútiles!”, se dice, para sus adentros, la señora poetisa cuarentona. La joven promesa de la poesía termina; se reúne con el resto de compañeros que han participado en el recital y deciden comer en un restaurante cercano. Y, ¡casualidades de la vida!, quedan sentados juntos. No se dirigen la palabra, se lanzan miradas de desprecio: hay tensión constante. Él no puede creer que ella tenga un importante premio internacional, ella considera paranoicos los comentarios favorables de la crítica, que lo alaban exageradamente. Y llega la noche, y algunas copas… y acabaron los dos follando con ansia entre las sábanas de la cama de un hotel. Ni juventud, ni experiencia: no hay poema más eterno que el de la carne. Sin embargo, esta lección no fue aprendida por ambos porque el orgullo es la peor enfermedad del poeta.

 

 

ESTIGMAS

 

Acudo todos los domingos a la Iglesia, pero yo odio las iglesias: si asisto es para acompañar a mi anciana madre, devota creyente cristiana hasta la médula. Nos sentamos en primera fila para rezar. Mamá repite las palabras del párroco del barrio, recita de memoria las oraciones; yo agacho la cabeza, mantengo la boca cerrada y no me muevo de mi sitio. Me cansa la reiteración de la bondad de Dios, de Jesucristo y de todos los santos. Me cansa tanta hipocresía. Cuando la misa termina, observo con recelo el sangriento crucificado de la pared y al cura, que me sonríe y clava sus grandes y arrugados ojos grises en los míos. La calumnia más triste del mundo estaba allí, junto al hombre del alzacuello: ése era Cristo, ese supuesto ser que ayuda a los inocentes pero que no me ayudó a mí cuando el puto cura me acariciaba la entrepierna antes de comenzar las clases de catequesis. Y mamá, cuando nos vamos de aquel maldito edificio, no se percata de cómo me despido del testigo impasible de mis estigmas, balbuceando en voz muy baja palabras blasfemas mientras aprieto mis puños de pura rabia.

 

 

PODER

 

Te sientas cómodamente en tu silla. Quítate la dentadura. Obedeces sin rechistar. Deja que te ponga el babero... eso es. Te enseño la cuchara. Vas a comerte todo lo que te he preparado. La papilla de verdura entra en tu boca. Tragas. Eso es, muy bien… venga, otra cucharada. Vuelves a tragar. Abre más la boca… mucho más. Así haces. Así hacía yo cuando me ponías la cara entre tu entrepierna para que te la chupase. Meto la cuchara. Podría meterte la cuchara hasta la garganta… cómo tú hacías. Tu paladar disfruta del sabor, me miras con esos ojos arrugados y hundidos. Ya no reconoces a la niña a la que violabas, no te acuerdas de nada: ya sólo te queda esta triste enfermedad senil. Te limpio con una servilleta de papel las comisuras de los labios, manchados de comida. Tengo poder sobre ti: estás indefenso. Retiro tu plato vacío. Podría envenenarte la comida, podría agarrar tu cuello y apretar hasta la asfixia. Saco de la nevera una manzana, la corto en trozos pequeños. Con este cuchillo clavado en alguna parte de tu cuerpo podría cortar de raíz el pasado. Coloco en tus manos temblorosas los pedazos de la fruta que te vas llevando a la boca, despacito. Sonríes agradecido; yo me limito a recoger la mesa y limpiar. No son los malditos lazos de sangre los que me impiden matarte: cuando el poder se convierte en misericordia, ya sólo te queda el olvido.

(Relatos de “Fábulas Urbanas”, libro de relatos inédito)



LA POETISA

 

- Toma – la chica se acerca al muchacho y le ofrece un trozo de papel.

- Oh, vaya… - es un poema, escrito a mano - ¿Para ligar escribes poemas, nena?

- Sí… - responde la poetisa, satisfecha y orgullosa.

- Cariño, me da asco la poesía – el chaval convierte el detalle en una bola de papel arrugada y la tira al suelo – Ábrete de piernas mejor: tu coño es el mejor poema que me puedes ofrecer.

(Inédito, del libro de cuentos eróticos “Cuentos de la carne”, de próxima aparición en Groenlandia)

 

 

BRAGAS

 

Abro los ojos, perezosa. Me encuentro nuestras bragas encima de la mesita de noche, los sujetadores y el resto de la ropa tirada por el suelo de mi cuarto. A mi lado, está ella, durmiendo, respirando rítmicamente; me gusta mirarle cuando duerme, pero jamás lo confesaré. Me levanto, me pongo una bata y me voy a la cocina. A mi regreso a la habitación, con una taza en la mano, me la encuentro de pie, frotándose los ojos y estirándose. Yo me apoyo en la pared, la observo, en silencio, con curiosidad lujuriosa: es cierto que no tiene un cuerpo espectacular, pero para mis ojos es una mujer bellísima a pesar de su estatura, su barriguita y sus marcadas estrías. Sus imperfecciones me resultan de lo más erótico. Ella me gusta, y lo sabe; me sonríe y comienza, muy coqueta, a vestirse. Le ofrezco quedarse en la cama todo el día si quiere… ella dice no. Le invito a almorzar fuera con unos amigos… y rechaza la oferta… no sé por qué me molesto en insistir con insinuaciones, siempre obtengo un no por respuesta… pero bueno… la fuerza de la costumbre, quizás. Termina de arreglarse, le da un sorbito a mi café, me besa y prometemos vernos la noche del próximo sábado. Con el portazo de despedida, me siento en la cama. Aspiro fuerte por la nariz: su aroma se mezcla con el de la taza. Sí: es una egoísta. Va a lo que va. Sexo… todo es sexo. Estuvo claro desde el principio. A pesar de que llevamos acostándonos meses, somos desconocidas. El roce no hace el cariño, sino el placer. Ella se limita a abrirse de piernas y evitar abrir su corazón. Sí… es egoísta… muy egoísta… pero, pienso, que yo también soy egoísta por pretender quererla.

(Inédito, del libro de relatos “Nosotras”)

 

 

Ana Patricia Moya \ Periquilla Los Palotes; pluriempleada a tiempo completo y artistilla de baja estofa a destiempo regala relatos inéditos.

 

 

 

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Comentarios (7)
Cuidado
7 Lunes 31 de Mayo de 2010 10:43
Lorein
Tal pareciera que la Mundana e Irreverentes te han dado regalado inspiración para armar más de una historia seglar, pero cuidado, esta dupla de musas casi siempre terminan invitando a otra llamada Lugar Común...
Wow!
6 Martes 04 de Mayo de 2010 14:21
Ariannish
Me encantaría seguir leyendo este tipo de relatos, me fascinaron por completo y me crearon un sin fin de sensaciones, mezclaras con cruda realidad que es inevitable. Arianne.
Sobre tias petardas que desean amores de juventud y pagan por una leccion no aprendida
5 Viernes 23 de Abril de 2010 21:00
p0eta maldit0
Profundo y de harta reflexion, cada verso, cada frase, cada punto cada coma, son dignos de recibir una alegoria en defensa o agravio, mas sin embargo los poetas orgullosos degustaron ambos de una presa talvez esquisita, tal vez solo a la mano, tal vez solo por no dejarlo pasar... ambos son polos opuetos se atraen en el deseo y la carne, el fuego de la pasion los consume, la juventud esta avida de experiencia y viceversa... despues el fuego termina, la pasion acaba y cada uno con cada cual regresan solos a su casa...
¡Que buen escape!
4 Viernes 16 de Abril de 2010 22:43
Helbert Novoa
Hace tiempo no me internaba en este tipo de lecturas. Las vivencias de otros tiempos vienen a mi mente. ¿Serás la diosa de metro setenta, que con tu prosa hace posible pensar en la existencia de verdaderas mujeres?
me encanta
3 Jueves 08 de Abril de 2010 16:00
importa?
Qué agradable ha sido encontrar tus relatos, te leo una y otra vez y me pregunto que clase de magia tienes para convertir los encuentros que pueden ser lo mas aburrido, en algo realmente divertido y erótico, y a la vez cruel.

No veo amor en estas historias, pero me hacen anhelarlo. Gracias por compartir.
lo bueno si breve etc
2 Lunes 22 de Marzo de 2010 20:09
bartram
Me gustaron todos. Un gusto conocerte. Te voy a buscar en otros lugares de tinta o pantalla. Saludos.
Deseo...
1 Sábado 06 de Marzo de 2010 22:40
Erikate
Buenos relatos, bastante atípicos. Me gusta la forma en que están escritos, sobre todo porque tengo una amiga de igual pensar y sentir. Deseo que lo inédito, sea editado!
 

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